¿Qué es el duelo?

El duelo es el proceso de asimilar e integrar en la propia existencia la pérdida de alguien significativo de mi vida en mi vida. El duelo expresa una reacción natural y adaptativa ante la pérdida, que obliga a la persona afectada a rehacer su vida desde una perspectiva diferente.

En toda definición del duelo encontraremos que se trata de un proceso, es decir, que se elabora en el tiempo y necesita tiempo; que es normal que duela, porque el duelo es un indicador del amor y se expresa con tristeza, rabia y pena; y que se trata de una experiencia personal, ya que cada duelo es único y cada uno elabora su propia vivencia a su modo.

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Etapas del duelo

El duelo cuenta con diferentes etapas, que organizan de una determinada manera reacciones, sentimientos y procesos de sanación que atraviesan las personas que han sufrido una pérdida irreparable.

Ante la muerte inesperada, o ante la muerte de un ser querido para un menor, la primera reacción suele ser la conmoción que acompaña una realidad extremadamente difícil de asumir. No se termina de aceptar la realidad y uno se aferra a lo que sea. “No me lo creo”, “no puede ser”, “no es verdad”, “me estás mintiendo”. Esta muerte cambia mi vida sin remedio, pero yo no estoy preparado para ello y lo aplazo, lo desplazo, protesto y lo muevo de lugar porque no puedo con ello. No se trata de movimientos intencionados ni mucho menos sopesados. Al contrario, forman parte de una reacción normal de adaptación al golpe de realidad a través de una irrealidad que necesito fabricarme, aunque sea por unos momentos. A medida que aumenta la conciencia de la pérdida pueden aparecer nuevos sentimientos en forma de resentimiento contra aquellos que el menor puede hacer responsables de esa muerte: el médico, el conductor del camión que originó el accidente, el propio fallecido que marchó de repente… incluso Dios que ha permitido que esta fatalidad sucediera.

También la evitación se muestra más nítidamente en ese eludir lisa y llanamente la muerte. No se habla de ello, y parece como si no hubiera pasado nada. Evitación y negación de la realidad son dos caras de la misma moneda. Esta etapa es fuente de mucha angustia, tristeza y sufrimiento, pero al mismo tiempo es la que permite introducir la particular adaptación mirando hacia otro lado para poder mirar más adelante de frente, cara a cara, ese acontecimiento que es real, que me afecta y empiezo a comprender las implicaciones vitales que van a condicionar el futuro personal y familiar. Desde esta perspectiva, un cierto grado de “evitación” de la realidad de la pérdida no es algo necesariamente negativo; es un momento inevitable en mi proceso para afrontar la realidad de lo inevitable que ha sucedido.

Tras la conmoción, la ira y la evitación inicial, el impacto de lo acontecido se va sedimentando poco a poco en la realidad personal del menor. Junto a la pregunta serena sobre cómo he de seguir viviendo sin esa persona a la que tanto quiero aparece la soledad y la tristeza en una mayor intensidad. Es la constatación cotidiana de la ausencia que nos deja señales por todas partes: en casa, en los momentos de la comida, en el sillón vacío, en las conversaciones que ya no se van a volver a repetir, en los juegos y en las salidas a la montaña o al mar… En esta etapa se juega la interiorización del duelo y de la pérdida como realidad que no solo sufro, sino que me ha de construir como persona. Hay que estar muy atentos porque puede suceder que en esta etapa surjan síntomas depresivos, como la tristeza invasiva, el llanto impredecible, las alteraciones del sueño o del apetito, o desesperanza creciente. Estos síntomas, en el caso de ser prolongados en el tiempo, necesitan ser tratados de manera profesional. El mero hecho de que aparezcan no es raro y hay que contemplarlo como parte del proceso.

Llega el momento en que la persona afectada se pregunta por sí misma: “¿qué va a ser de mi vida de ahora en adelante?”. Esta pregunta apunta hacia la reconstrucción personal tras el desguace inicial que provoca la muerte del ser querido. No es una etapa lineal, sin retorno. Más bien, se trata de recuperar fuerzas y recobrar hábitos y rutinas saludables, permitiendo que asome la tristeza, el recuerdo y la sensación de que nada ni nadie sustituye la pérdida que experimentamos. No hay avances sin retrocesos. En este proceso largo y complejo se pueden experimentar sentimientos de tristeza e incluso de culpa, que exigen continuos reajustes entre el recuerdo del pasado, lo no hecho o lo que estuvo mal hecho y el futuro que queda por vivir.

De las etapas a las tareas

Junto a las etapas del duelo hay también cuatro tareas en las que se otorga al doliente un papel activo, puesto que se concibe el duelo como un trabajo dinámico que la persona debe realizar. Las tareas nos ofrecen ejemplos de cómo intervenir.

Aceptar la realidad de la pérdida

Esta tarea se inscribe en esa primera etapa que comienza por la evitación, que es justo lo contrario de la aceptación. Pero es así. El horizonte de esta tarea es afrontar plenamente la verdad de lo que ha sucedido. La persona querida ha muerto, se ha marchado y ya no volverá. Su marcha es definitiva y físicamente el menor afectado no va a volver a verla, a tocarla ni Esta situación es especialmente difícil en el caso de personas muertas desaparecidas; en estas circunstancias, renunciar a la esperanza de recuperarla puede generar la sensación de abandono.

Cuando se produce un bloqueo en este punto aparece con fuerza la negación de la realidad de lo que ha acontecido. Esto se manifiesta en dos direcciones:

  1. Negar la realidad de la pérdida. Ante la muerte de un menor, algunos padres conservan la habitación del mismo tal y como estaba antes de su muerte. Esto es normal en un primer momento, pero se convierte en negación mantenida en el tiempo, y si hay hermanos en casa esto no ayuda en absoluto. Son formas de alargar de manera innecesaria la vida del que ya murió y de evidenciar una ausencia a la que no se sabe responder salvo con el prolongamiento de formas de presencia que no facilitan la despedida.
  2. Negar el significado de la pérdida. Con el tiempo podemos encontrarnos con expresiones como “no lo echo de menos”, “no estábamos muy unidos”, “ya ha pasado mucho tiempo”. Todo ello indica aparentar un grado de asunción de que la pérdida es menos significativa de lo que realmente es.

En la tarea de aceptación de la pérdida tiene enorme importancia los rituales que la acompañan. En especial el entierro y, en su caso, el funeral. Son ritos de despedida que constituyen un momento de interiorización de lo acontecido a la luz de la fe. Es importante compartirlo con todas las personas por las que los menores afectados se sienten queridos en ese momento. Las diferentes ceremonias funerarias ayudan a mirar cara a cara la muerte, a testimoniar la vida de la persona que se va, a despedirla con agradecimiento, a dar apoyo afectivo y físico a los afectados y a expresar el dolor de forma compartida.

Soportar el dolor de la pérdida

Quienes crecen en la cultura del éxito tienen más dificultades para asimilar la pérdida real. Además, vivimos tiempos de poca tolerancia hacia el dolor o la emoción negativa, buscando a toda costa la satisfacción inmediata. Atravesar el dolor y no ocultarlo, ese es uno de los momentos claves en el desarrollo del duelo. Tratar de evitar, suprimir o superar con prepotencia el dolor sin escucharlo, puede retrasar o perpetuar el duelo.

Podemos encontrarnos con menores que tratan de no hacer frente al dolor de la pérdida porque sencillamente no la soportan y bloquean todo tipo de sentimiento negativo vinculado con la pérdida, negando que el dolor esté presente. Por otra parte, tampoco sería sano sumergirse permanentemente en el dolor viendo cómo el menor se estanca en él. En esta tarea de que el dolor no se apodere de la persona hay que ayudar para que el menor alterne el dolor, la tristeza y la desolación, con la posibilidad de que exprese recuerdos y comparta vivencias relacionadas con la persona fallecida. Todo eso dando cabida a la debida atención y normalización de hábitos y rutinas escolares, extraescolares y familiares-domésticas.

Adaptarse a la vida sin la persona que ha fallecido

Es dura la tarea de vivir sin el ser querido. Desayunos, comidas, viajes, abrazos y tantas rutinas que se echan de menos ya sin esa persona. El niño se siente superviviente de una nueva vida Un sin cargado de dolor y a la vez estímulo para generar nueva vida.

La muerte del ser querido conduce al niño a transformar sus relaciones y vínculos. Con el ser querido que ha fallecido la relación ya no puede consistir en perpetuar una relación física ya imposible. Se trata de ir avanzando en la creación de un vínculo simbólico especial, agradable y agradecido, en lo posible. Tener al lado un objeto del fallecido puede ayudar a sostener ese vínculo simbólico. Desde un juguete a una manta del sofá; desde una cartera de mano a un pañuelo o una bufanda. Son los sacramentos de la vida que remiten a una presencia nueva, misteriosa y que da aliento y fuerza para seguir viviendo. Son objetos-símbolo que hacen presente lo que la ausencia no podrá llevarse nunca del recuerdo del niño. Objetos que el niño podrá llevar al colegio, siempre que quiera, y los podrá mostrar, y hablar de ello cuando lo desee.

El mundo de los símbolos remite a la búsqueda de nuevos significados para seguir viviendo. Y la pérdida del ser querido cuestiona el sentido que damos a la vida y en especial en el niño, que ni siquiera comprende esta terminología. Según sea la edad, lo que sí parece claro es que el niño y el adolescente reconstruyen su fuente de significados importantes para sus vidas.  De algún modo se preguntan por lo importante de la vida, por lo que merece la pena; distinguen mejor lo superficial de lo profundo.

Seguir viviendo

A veces los niños tienen miedo a olvidar al ser querido que ha fallecido. Además de un objeto simbólico, pueden llevar con ellos una foto de esa persona. Habrá que ayudar al niño a que recoloque en su vida emocional a esa persona, de modo que no lo invada todo, pero que tenga su lugar. Físicamente es bueno que el niño rememore una parte de su cuerpo donde pueda vincularse inmediatamente con su ser querido: el pecho, la frente, las manos. Un lugar vinculante con esa nueva fuente interior que comienza a crecer en la vida del niño a través del recuerdo del ser querido.

De este modo, el niño asegura el vínculo, pero no se detiene anclado en el pasado. Recolocar al ser querido permite salir del peligro del apego que no deja mirar al futuro. El niño tiene que rehacer su vida; ha de seguir viviendo. La vuelta a las rutinas escolares y domésticas van a ayudar mucho en esta etapa del duelo. Todo ello va a reconfigurar la nueva identidad del doliente. Porque tras la pérdida de un ser querido ya no somos quienes éramos, y los niños y adolescentes tampoco. Y esta reconstrucción personal llevará tiempo y precisará de paciencia. Es una reconstrucción que no se apoya en el olvido, sino todo lo contario, en el recuerdo agradecido hacia la persona que ha fallecido.

El duelo acabaría cuando se han completado las cuatro tareas del duelo: aceptar, soportar, adaptarse y seguir viviendo. Los especialistas dicen que un punto de referencia de un duelo acabado es cuando la persona es capaz de pensar en el fallecido sin dolor. Puede seguir habiendo y habrá tristeza, pero eso es otra cosa. Un aspecto importante es si el niño o el adolescente, al pensar en su ser querido, ya no tiene manifestaciones físicas como llanto intenso o sensación de opresión en el pecho. Un signo de que el duelo va acabando es que la persona vuelve a invertir emociones, tiempo y energía en la vida que vive con sus amigos, en las tareas escolares y complementarias: participa en actividades deportivas, de tiempo libre, teatro, literatura, artes plásticas, música, voluntariado social, etc. según la edad y posibilidades.

Ideas erróneas en torno al duelo

Atravesar el duelo significa afrontar la muerte real, hablar de ello, no ocultar, no disimular, no evitar que nos pregunten, ni temer no dar certezas absolutas. Los menores son conscientes de lo que viven. Aunque sea muy pequeño, si el niño percibe un cambio sustancial, una pérdida de un ser querido, ya empieza a atravesar un duelo por esa pérdida, como lo haría si pierde a su mascota o pierde un juguete. Se trata de pérdidas distintas en grado, claro está, pero las pérdidas forman parte de la vida del niño, aunque como adultos no seamos a veces conscientes de ello. Ese presunto “no entender” del niño con frecuencia no permite contestar a sus preguntas, en la idea de que no vamos a saber decir exactamente lo que les conviene. Importa devolver respuestas adecuadas a las inquietudes de los niños.

  • ¿Mamá, tú te vas a morir?
  • Cariño, yo me voy a morir, pero dentro de muchos años.
  • Sí, pero la mamá de Julio se murió y era de tu edad, así que te puedes morir.
  • Es verdad, mi niño, pero lo normal que las personas se mueran cuando están muy malas y cuando sean muy mayores. Estate tranquilo.

Este diálogo entre madre e hija aporta el grado de respuesta adecuada que se puede dar en este momento a un niño pequeño. En el entorno escolar pueden darse este tipo de pequeñas conversaciones con los profesores.

A los adultos nos angustia nuestra propia angustia y no poder soportar la del niño. Podemos caer en la normalización en clase del ritmo de trabajo y ocultar sistemáticamente lo que ha ocurrido: la muerte de un alumno, o del familiar directo de un niño o adolescente. Nuestro sentimiento de protección a veces oculta nuestra propia inseguridad. Al proteger en exceso, desprotegemos a los menores en el sentido de que impedimos que desarrollen las habilidades y recursos internos necesarios para afrontar el duelo por el ser querido que ha muerto.

Se piensa en ocasiones que el niño no debe acudir al tanatorio, al entierro, ni al funeral, porque de esa manera de nuevo le evitamos un dolor innecesario. Y nada más lejos de la realidad. Estos lugares y ritos funerarios ayudan a elaborar, cada cual a su manera, el duelo por la pérdida del ser querido. Son momentos de despedida que no podemos ahorrar al niño. En el caso de los adolescentes hemos de tener especial cuidado y comprensión pues en ellos la muerte suele provocar más manifestaciones de ira y enfado y en ocasiones eso se expresa en no querer participar en determinados ritos, y así hay que respetarlo ofreciéndonos siempre para estar cerca, charlar, acompañar.

Cada duelo es único porque cada persona es única. Algunas personas pueden pensar que pasado un determinado tiempo de la muerte de un ser querido para un niño (un año, un año y medio) ya “todo ha pasado”, “ya está”. Ciertamente, no hay un tiempo exacto para cada duelo; dura lo que cada persona tarda en atravesarlo. Pero, en general, los niños necesitan menos tiempo que los adultos para elaborar su duelo, porque la adaptación a su vida sin la persona querida suele ser inmediata.

Protocolo de actuación

Ante el fallecimiento de un miembro de la comunidad educativa o ante la posibilidad de que este suceso genere una crisis de comunicación en el centro hay cuestiones que deben abordarse en las primeras 24 horas y otras más adelante, pero siempre desde una perspectiva global, y sin olvidar que lo importante está combinado con lo urgente y no admite demora. Las actuaciones serían las siguientes:

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