Esta frase de Santa Teresa cobra mucho sentido en estos tiempos que vivimos. Junto a tantas medidas sanitarias no son pocas las iniciativas que proponen la unidad en la oración, sea a nivel internacional y en cada país.

La comunidad educativa comienza cada día haciendo una oración o una meditación, ¿por qué no continuar esta práctica en casa? Solo es una propuesta que esperemos te ayuden.

Oración diaria

En la oración de hoy viernes nos unirnos a la Iglesia universal en el rezo del viacrucis. En este camino al Calvario, Jesús carga, sostiene y acompaña tantas situaciones de dolor que vivimos en este momento.

Nuevo día, nueva oportunidad de encontrarme con Aquel que desea encontrarse conmigo. Busco un espacio, “mi espacio”, respiro, y le pido al Señor que me enseñe a hablar y confiar en Él.

Seguramente en este tiempo os ha llegado un mensaje parecido a este:

Querido Dios: ¿Podrías por favor desinstalar y volver a instalar el 2020? ¡Tiene un virus!

Fuente: Religión Digital

Y posiblemente habremos asentido a este mensaje. Somos muy diferentes a la hora de releer el momento y es bueno estar atento a la vida que bulle a nuestro alrededor para no perderla.

Paula y María, dos jóvenes universitarias de Medicina e Ingeniería de Asturias han plasmado en una carta reflexiva titulada “Querida yo”, sus inquietudes y aprendizajes de este momento, escuchemos esta carta.

Dedica unos minutos a reposar su reflexión.

  • ¿Qué sentimientos te provoca? ¿Qué agradeces, valoras o echas de menos?
  • Escúchate y dialoga con Dios todo ello, escríbele tu propia carta, expresa lo que vives, valoras, agradeces, donde están tus esperanzas y qué quieres que recuerde tu yo en el futuro.

Terminamos rezando juntos el Padrenuestro.

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Un nuevo día, buscamos un momento para ponemos en presencia de Dios, haciendo silencio, respirando con tranquilidad y presentando al Señor todo lo que estamos viviendo.

Son muchas las preguntas que nos pasan por la cabeza y el corazón estos días, algunas de ellas difíciles de responder o de encontrar una respuesta que nos consuele.

Vamos a dejar que durante unos minutos resuenen algunas de ellas:

  • ¿De todo lo que estamos viviendo qué es lo que más te preocupa? Cuando veíamos en China el inicio del coronavirus, ¿creías que nos iba a tocar este momento?
  • ¿Qué les dirías a las personas que están perdiendo a sus seres queridos? ¿Y a los que viven esta situación con mucho miedo: familias vulnerables, trabajadores en condiciones precarias, refugiados, mujeres maltratadas…? ¿Qué le dirías al personal sanitario y de investigación que está desbordado intentado parar todo esto?
  • ¿Tienes crisis de fe en una situación como la que vivimos? ¿Dudas de la existencia de Dios? ¿Eres optimista?

Se hacen infinidad de entrevistas que tratan el momento actual. En una de ellas, Jordi Évole entrevista al papa Francisco, quien da respuesta a muchas de las preguntas que nos hemos planteado, escuchemos qué nos dice:

Después de escuchar las palabras del Papa, deja unos minutos para reposar y pasar por el corazón todo lo que nos ha dicho. ¿A qué me invita?

Dialogo todo ello con el Señor y nos regalamos compartir esta invitación en familia o con otros.

Terminamos juntos con la oración que nos hace hermanos Padrenuestro…

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Un nuevo día nos acercamos a tu encuentro Señor, necesitamos reposar en Ti nuestra vida y nuestra confianza.

“Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos”.

Así comenzaba la oración el papa Francisco, que nos reunió el viernes a los cristianos de los distintos rincones del mundo, para responder a la pandemia del virus con la universalidad de la oración, de la compasión, de la ternura.

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?». Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?». (Mc 4, 35-41)

“Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos… descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos».

Jesús les pregunta: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Escucho esta pregunta que me hace Jesús a mí: ¿Por qué tienes miedo? ¿Aún no tienes fe?

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».

“Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».

“El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere”.

Nos confiamos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso, diciendo:

“Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo». Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas».

De la oración en tiempos de epidemia presidida por el Santo Padre Francisco el 27 de marzo de 2020.

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Comienza un nuevo día, una nueva oportunidad de encuentro y por ello nos ponemos en la presencia del Señor…

Dicen que en las situaciones difíciles, en los momentos límite, es cuando nos damos cuenta de qué tenemos y con quién contamos realmente. Cuando palpamos la fragilidad, somos capaces de agradecer los pequeños detalles, de agradecer la vida y las personas que la cuidan.

Ahora Señor, es uno de esos momentos, donde no solo palpamos la fragilidad personal, sino donde nos asusta la fragilidad colectiva.

La semana pasada, el papa Francisco nos invitaba a permanecer unidos, a rezar y a hacer sentir nuestra “cercanía” a todos los que se están trabajando en primera línea para ayudarnos y protegernos en esta emergencia:

 

“Nuestra cercanía a los médicos, a los agentes sanitarios, enfermeras y enfermeros, voluntarios… Nuestra cercanía a las autoridades que deben tomar medidas duras, pero por nuestro bien. Nuestra cercanía a los policías, a los soldados en la calle que siempre tratan de mantener el orden, que se cumplan las cosas que el Gobierno nos pide que hagamos por el bien de todos. Cercanía a todos”.

Escucharemos la Palabra de Dios, elevaremos nuestra súplica, adoraremos al Santísimo Sacramento… Queremos responder a la pandemia del virus con la universalidad de la oración, de la compasión, de la ternura. Permanezcamos unidos. Hagamos sentir nuestra cercanía con las personas más solas y exhaustas.  

 

Nos unimos en la oración, en la compasión y en la ternura, como Jesús nos enseñó:

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.
Amén

 

Terminamos escuchando la experiencia de Lucía Gil expresada en esta canción

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En este fin de semana proponemos encontrarnos en dos momentos:

Entorno a la mesa de la Eucaristía

Nos encontraremos con la Palabra que un día más quiere ser alimento en nuestra vida. En el apartado “Nutriendo la vida”, ofrecemos algunas alternativas para que podáis participar de la Eucaristía.

Si os resulta posible, nos unimos este fin de semana a la celebración presidida por el papa Francisco

Entorno al rosario

Os invitamos a rezar juntos el rosario o tal vez un misterio a lo largo del fin de semana. Ofreciendo cada misterio o avemaría por una persona, una intención, por este momento que vivimos.

Necesitamos la fuerza de la oración. El rosario es un rezo de la tradición católica que practican muchos de nuestros mayores. Nos unimos a ellos en oración, en este momento de especial fragilidad y vulnerabilidad que vivimos. Junto a María pedimos la fuerza del amor de Dios que camina con nosotros y nos acompaña y guía de un modo especial.

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En la oración de hoy viernes nos unirnos a la Iglesia universal en el rezo del viacrucis Vía Crucis. En este camino al Calvario, Jesús carga, sostiene y acompaña tantas situaciones de dolor que vivimos en este momento.

Tal vez estemos cansados, preocupados y asustados por el momento que vivimos. Tal vez nos cuesta ponernos en la presencia de Dios, porque no sabemos qué decirle, porque tenemos muchas preguntas o sentimientos encontrados. Nos hacemos conscientes de todo ello y le pedimos al Señor que venga a nuestro encuentro, que nos acompañe y ayude.

Estos días estamos abrumados por los números de personas infectadas, de personas que han superado la enfermedad, de personas que están muriendo… Escuchamos muchas cifras, pero detrás de todas ellas, hay muchas vidas que queremos traer a la oración.

Te presentamos Señor:

  • A todas las personas enfermas.Muéstrales Tu ternura, la cercanía de quienes les cuidan y el amor de los familiares a pesar de la distancia.
  • A todas las personas que han fallecido. Muchos de ellos lo han hecho con Tu única compañía, que se encuentren con tu abrazo amoroso y en el descanso de Tu paz.
  • A todas las familias que sufren la distancia de sus enfermos, la pérdida de sus seres queridos.Acompaña su dolor y haz que podamos mostrar Tu ternura.

Los discípulos también necesitaban aprender de Jesús y no dudaron en preguntarle:

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo entonces: «Cuando oren, digan:
Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino;
danos cada día nuestro pan cotidiano;
perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos
a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación». (Lc 12, 1-4)

En este momento de “prueba”, un momento doloroso en el que la humanidad tiembla por la amenaza de la pandemia, el papa Francisco nos invita a unirnos en oración, a pedir unidos.

«Invito a todos… a invocar al Altísimo y Dios Omnipotente, recitando contemporáneamente la oración que nos enseñó Jesús Nuestro Señor”

Padrenuestro…

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Un nuevo día buscamos un momento para ponernos en presencia de Dios, haciendo silencio, respirando con tranquilidad y presentando al Señor todo lo que estamos viviendo.

Hoy celebramos la fiesta de la Anunciación del Señor y vamos a comenzar con un canto a María, en la certeza de que reza y camina a nuestro lado. (Ave María de Verbum Panis)

El Evangelio de hoy nos dice:

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y la dejó el ángel. (Lc 1, 26-38)

 

¿Cómo resuenan en mí las palabras que el ángel le dice a María?

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios…».

¿Siento que en estos días alguien me dice alégrate? ¿Siento que Dios me habla? ¿Quién me ayuda a vivir el “no temas”?

Tal vez, por medio de diferentes personas, noticias, mensajes, descubro signos de alegría, de esperanza, de vida… o mensajes que me llaman en medio de la incertidumbre y me hacen confiar y decir “Hágase en mí”… al igual que le sucedió a María.

 

Y junto al papa Francisco suplicamos a María, en este momento de dificultad:

Oh María,
Tú resplandeces siempre en nuestro camino como signo de salvación y esperanza.

Nosotros nos encomendamos a Tí, salud de los enfermos, que ante la Cruz fuiste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe.

Tú, salvación de todos los pueblos de la tierra, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que proveerás para que, como en Caná de Galilea, pueden regresar la alegría y la fiesta después de este momento de prueba.

Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y a hacer lo que nos dirá Jesús, que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos, y ha tomado nuestros dolores para llevarnos, a través de la Cruz, a la alegría de la Resurrección.

Amén.

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Un nuevo día buscamos un momento para ponernos en presencia de Dios, haciendo silencio, respirando con tranquilidad y presentando al Señor todo lo que estamos viviendo.

A lo largo de estos días nos están llegando muchos mensajes. Algunos en clave de humor, otros de esperanza, infinidad de recursos, de acciones solidarias… Hoy queremos recoger uno de ellos, un poema, cuya autoría se disputan diferentes personas, que dice así:

“Y la gente se quedó en casa. Y leía libros y escuchaba. Y descansaba y hacía ejercicio. Y creaba arte y jugaba. Y aprendía nuevas formas de ser, de estar quieto. Y se detenía. Y escuchaba más profundamente. Algunos meditaban. Algunos rezaban. Algunos bailaban. Algunos hallaron sus sombras. Y la gente empezó a pensar de forma diferente.
Y la gente sanó. Y, en ausencia de personas que viven en la ignorancia y el peligro, sin sentido y sin corazón, la Tierra comenzó a sanar.
Y cuando pasó el peligro, y la gente se unió de nuevo, lamentaron sus pérdidas, tomaron nuevas decisiones, soñaron nuevas imágenes, crearon nuevas formas de vivir y curaron la tierra por completo, tal y como ellos habían sido curados».

¿Habías leído este poema? ¿Qué provoca en tí?

Resulta curioso que en este momento nos habla de pasado, presente y futuro, y nos acerca a una experiencia que podría ser similar a la que vivimos ahora mismo a nivel mundial y que con esperanza nos abre a un futuro que soñamos.

A lo largo de la historia, el pueblo de Israel también tuvo la necesidad de expresar su experiencia de vida y de encuentro con Dios, por medio de los Salmos. En ellos iban narrando sus luchas y sus esperanzas, sus triunfos y sus fracasos, su adoración y su acción de gracias, sus rebeldías y sus arrepentimientos y, sobre todo, la súplica ardiente que brota de la enfermedad, la pobreza, el destierro, la injusticia y de todas las demás miserias del hombre.

La liturgia de hoy nos ofrece el Salmo 45 (2-3. 5-6. 8-9):

El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, y los montes se desplomen en el mar.

El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob

Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila; Dios la socorre al despuntar la aurora.

El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra.
El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob

 El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dejemos que resuene en nosotros esta certeza que el Pueblo de Dios nos ha transmitido generación tras generación.

Aunque temblemos como el pueblo de Israel, aunque nos abrume el miedo de este momento, queremos Señor presentarte el sufrimiento de tanta gente que en soledad vive la enfermedad y el límite, y repetimos juntos, como a lo largo de los siglos ha hecho tu Pueblo:

 

El Señor del universo está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob

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Un nuevo día, buscamos un momento para ponernos en presencia de Dios, haciendo silencio, respirando con tranquilidad y presentando al Señor todo lo que estamos viviendo.

Queremos seguir acudiendo a la Palabra, porque sabemos por la experiencia y el testimonio de muchas personas que es fuente de Vida.

En el Evangelio hoy Jesús vuelve a Galilea:

Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose. Jesús le dijo: «Como no veáis signos y prodigios, no creéis». El funcionario insistió: «Señor, baja antes de que se muera mi niño». Jesús le contestó: «Anda, tu hijo está curado». El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo estaba curado. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron: «Hoy a la una lo dejó la fiebre». El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora cuando Jesús le había dicho: «Tu hijo está curado». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea. (Jn 4, 47-54)

Dedico un tiempo a descubrir que me ofrece hoy este texto, porque aunque la Palabra es la misma, en cada momento de mi vida me hable de una forma diferente.

¿Qué es lo que más necesito yo?, ¿cómo está mi confianza, mi fe en ti Señor?

Necesito también de muchos signos para creer, y aunque en momentos tiemble y mi fe sea frágil, siento que eres fuente de vida, que caminas a mi lado, que Tú nos acompañas a todos, especialmente a los más frágiles.

Terminamos esta oración acogiendo lo que siento: tal vez pidiendo al Señor lo que necesito, tal vez dando gracias por tantos gestos y actitudes de sanación que encuentro…

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Nos ponemos en presencia de Dios, haciendo silencio, respirando con tranquilidad y presentando al Señor todo lo que estamos viviendo.

En este cuarto domingo de Cuaresma, en este tiempo de conversión, la Palabra nos habla de un buscador que quiere encontrar en quien creer y de un Jesús movido por el bien más allá de la norma.

Tal vez nosotros necesitemos también pedir, buscar al Señor y dejarnos orientar por su modo de hacer.

Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé» (que significa Enviado). Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». Él respondía: «Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo». Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta».
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron.
Jesús oyó que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús les dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. (Juan 9, 1; 6-9; 13-17; 34-38)

A lo largo del fin de semana, os invitamos a rezar juntos esta oración que nos ofrece el Obispo Giuseppe de Sarno, Italia. La acogemos durante este tiempo, para que nos acompañe y nos ayude a vivir en profundidad el momento presente.

Oración “YO ME QUEDO EN CASA”

¡YO ME QUEDO EN CASA, SEÑOR!
Y caigo en la cuenta de que, también esto,
me lo enseñaste Tú viviendo, obediente al Padre,
durante treinta años en la casa de Nazaret esperando la gran misión.

¡YO ME QUEDO EN CASA, SEÑOR!
Y en la carpintería de José, tu custodio y el mío,
aprendo a trabajar, a obedecer,
para limar las asperezas de mi vida
y preparar una obra de arte para Ti.

¡YO ME QUEDO EN CASA, SEÑOR!
Y sé que no estoy solo
porque María, como cada madre,
está ahí detrás haciendo las tareas de casa
y preparando la comida para nosotros, todos familia de Dios.

¡YO ME QUEDO EN CASA, SEÑOR!
Y responsablemente lo hago por mi bien,
por la salud de mi ciudad, de mis seres queridos,
y por el bien de mi hermano, el que Tú has puesto a mi lado
pidiéndome que vele por él en el jardín de la vida.

¡YO ME QUEDO EN CASA, SEÑOR!
Y, en el silencio de Nazaret, trato de orar, de leer,
de estudiar, de meditar, y ser útil con pequeños trabajos
para hacer más bella y acogedora nuestra casa.

¡YO ME QUEDO EN CASA, SEÑOR!
Y por la mañana Te doy gracias por el nuevo día que me concedes,
tratando de no estropearlo, de acogerlo con asombro
como un regalo y una sorpresa de Pascua.

¡YO ME QUEDO EN CASA, SEÑOR!
Y a mediodía recibiré de nuevo
el saludo del Ángel, me haré siervo por amor,
en comunión Contigo que te hiciste carne para habitar en medio de nosotros;
y, cansado por el viaje, Te encontraré sediento junto al pozo de Jacob,
y ávido de amor sobre la Cruz.

¡YO ME QUEDO EN CASA, SEÑOR!
Y si al atardecer me atenaza un poco de melancolía,
te invocaré como los discípulos de Emaús:
Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.

¡YO ME QUEDO EN CASA, SEÑOR!
Y en la noche, en comunión orante con tantos enfermos y personas solas,
esperaré la aurora para volver a cantar tu misericordia
y decir a todos que, en las tempestades, Tú eres mi refugio.

¡YO ME QUEDO EN CASA, SEÑOR!
Y no me siento solo y abandonado,
porque Tú me dijiste: Yo estoy con vosotros todos los días.
Sí, y sobre todo en estos días de desamparo, Señor,
en los que, si mi presencia no será necesaria,
alcanzaré a todos con las únicas alas de la plegaria.

Amén.

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Nos ponemos en presencia de Dios, haciendo silencio, respirando con tranquilidad y presentando al Señor todo lo que estamos viviendo.

En ocasiones puede parecernos que los cristianos nos regimos por una larga lista de normas o mandatos. En una ocasión se acercaron a Jesús para preguntarle qué era lo más importante, y Él les dijo lo siguiente:

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos». (Marcos 12, 28b-31)

Aunque seguramente lo hemos escuchado muchas veces ¿qué nos dicen hoy sus palabras? ¿Qué es para mí lo más importante?

Os invitamos a compartir como familia aquellos gestos del día a día que son muestra de este Amor que nos tenemos unos con otros. Podemos terminar juntos con una canción que nos hable de ello.

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Nos ponemos en presencia de Dios, haciendo silencio, respirando con tranquilidad y presentando al Señor todo lo que estamos viviendo.

Hoy celebramos la fiesta de San José, un hombre sencillo que pasó discretamente cuidando la vida, como muchas personas humildes que escuchan la voz de Dios.

Hoy celebramos el Día del Padre y por eso nos unimos en agradecimiento a la vida de nuestros padres y les felicitamos por su vida regalada.

El Evangelio hoy nos dice:

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.
A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que quería decir. Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. (Lc 2, 41-51)

María y José acompañan a su hijo, le cuidan y se preocupan por él, no siempre entienden sus reacciones o decisiones. Seguramente nuestros padres también viven situaciones de angustia por diversas decisiones o acciones que llevamos a cabo nosotros.

Damos gracias por la vida de nuestros padres que, al igual que San José, acompañan nuestra vida, viven volcados en nosotros y son capaces de acoger hasta lo que no pueden comprender.

Vamos a terminar juntos con un gesto de gratitud y amor a nuestros padres y dándoles un aplauso.

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Nos ponemos en presencia de Dios, haciendo silencio, respirando con tranquilidad, y presentando al Señor todo lo que estamos viviendo.

Escuchar hablar de preceptos, de normas, de leyes…. normalmente nos resulta familiar, son necesarios en el día a día para garantizar la convivencia. Este momento excepcional que vivimos ahora, no es suficiente para garantizar la convivencia, necesitamos aumentar el cuidado personal y el de los demás para garantizar el cuidado de la vida.

La Palabra hoy nos dice:

Jesús dijo a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos». (Mt 5, 17-19)

Tú Señor nos hablas de dar plenitud de llenar de vida…. ¿Qué me hace pensar hoy tú Palabra? ¿Qué significa para mí dar plenitud?.
En este momento no puedo hacer algunas cosas que hago habitualmente. Seguramente el Estado de Alarma conlleva a unas normas que me resultan difíciles o me cuestan. ¿Cómo lleno de vida este momento?

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Nos ponemos en presencia de Dios, haciendo silencio, respirando con tranquilidad, y presentando al Señor todo lo que estamos viviendo.

Si pienso en los amigos y amigas que tengo, seguro que recuerdo de ellos muchos momentos buenos compartidos, alguno de ellos más difíciles que vivimos juntos y muchas palabras, expresiones que cuando las escucho…. me recuerda a ellos.

Durante este tiempo, os invitamos a buscar algún rato para seguir compartiendo vida con otro Amigo, que desea caminar con nosotros y acompañarnos siempre. Este amigo se acerca a través de la Palabra y hoy nos dice:

Pedro se adelantó y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contestó: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. (Mt 18, 21-22)

¿Qué siento cuando escucho sus palabras? ¿De qué me hablan?

En estos días que nos toca convivir de una manera diferente a la habitual, puede que surjan muchos momentos de tensión, de enfado o cabreo con los hermanos, con los que convivo. Pueden ser una oportunidad una oportunidad para hablar, para perdonar y para crecer en Amistad con ellos y con Dios. Puedo contarle a Jesús alguna situación que me ha costado vivir.

Terminar rezando la oración que Jesús nos enseñó, en la que nos recuerda que somos hermanos y hermanas: Padrenuestro…

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#CoronaVida

Os invitamos igualmente a que vuestros hijos expresen sus oraciones libres, y las publiquéis en las redes sociales con el hashtag #educarparadarvida y #maestrosdesdecasa. Si nos las enviáis, las iremos publicando en este espacio.

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