Libertad de enseñanza en los Países Bajos

Los Países Bajos conocen la libertad de enseñanza desde hace 102 años. Es una libertad que ha aportado a este país muchas mentes autoconscientes e independientes. Es una libertad que otorga a los padres el derecho de fundar escuelas basadas en sus propias convicciones y ethoi educativo. Es una libertad que crea una gran diversidad entre escuelas, cada una con su manera de enseñar. Hasta el día de hoy seguimos cosechando los beneficios de esta libertad, aunque cada vez la cuestionan más y más voces. Sin embargo, la verdadera pregunta debería ser: «¿Qué es lo mejor para nuestros hijos?».

Los puntos de vista sobre la educación pueden ser personales en algunos aspectos, pero independientemente de a quién se le pregunte, la calidad de la educación será central. Para asegurar los estándares de calidad nacionales, el Gobierno da a todos los colegios ciertos objetivos a lograr. Estas son las habilidades y conocimientos que cada estudiante debe tener al final de su formación escolar. La forma en que se enseñen depende enteramente de los propios colegios. Las escuelas pueden educar de la manera que consideren adecuada, mientras cumpla con las normas de calidad. Pueden hacerlo desde un punto de vista religioso o una filosofía educativa. Todas las escuelas reciben la misma financiación del Estado y, por lo tanto, tenemos una gran variedad de centros. Además de los centros públicos, tenemos escuelas católicas, protestantes, islámicas, judías, indostaníes, Waldorf, etc. Al final de su formación escolar todos los niños habrán tenido una educación de alto nivel, independientemente de la escuela a la que hayan asistido.

Debido a esta libertad de enseñanza los padres tienen la opción de preguntarse qué es lo mejor para su hijo. Esta diversidad de centros ofrece a los padres y a los niños la oportunidad de elegir el camino a seguir y cada camino acaba en un diploma igualmente valorado. Hoy en día, en los Países Bajos, de cada diez escuelas, cuatro son católicas, tres protestantes y tres son, por ejemplo, islámicas, judías, públicas o antroposóficas. A pesar de que esta diversidad nos ha dado muchas cosas, todavía hay voces que intentan socavarla. La mayoría de las voces que abogan por la abolición de los colegios privados provienen del lado de los centros públicos. Consideran erróneamente a nuestras escuelas responsables de la desigualdad de oportunidades y la segregación. La Inspección de Educación Holandesa, sin embargo, afortunadamente ha concluido lo contrario.[1] Los colegios católicos proporcionan una educación inclusiva donde todos son bienvenidos. El diálogo intercultural es importante y se está llevando a cabo abiertamente. La calidad de la educación es alta y tanto los padres como los estudiantes están satisfechos con el actual clima pedagógico en los colegios privados. Las escuelas católicas no son solo para los católicos. En las grandes ciudades holandesas, entre el 80 y el 95% de los alumnos de los centros católicos ni siquiera son católicos. La imagen de las escuelas católicas que ofrecen los defensores de la educación regulada puramente por el Estado es, por lo tanto, completamente falsa. Calidad, diversidad e inclusión van de la mano.

En la historia de los Países Bajos, la libertad de enseñanza ha sido un catalizador para la emancipación de los católicos. Entre 1588 y 1795 se estableció en la Constitución un severo sesgo a favor de los protestantes. Debido a la ley, los católicos fueron considerados ciudadanos de segunda clase, no iguales a los protestantes. Los católicos no tenían los mismos derechos económicos, sociales y políticos. En 1795 esta discriminación constitucional terminó y, a partir de ese momento, también se permitió a los católicos crear escuelas y así pudo comenzar su emancipación poco a poco. Más tarde, en 1917, se promulgó la igualdad de financiación. El Gobierno financiaría todas las escuelas legítimas por igual.

Todos, tanto católicos como no católicos, quieren la mejor educación para los niños. Desde el punto de vista católico la educación no consiste simplemente en transferir conocimientos y habilidades. Más bien, la «educatio» forma a una persona. Permite a los estudiantes pensar por sí mismos e interactuar en la sociedad con discernimiento. Nuestro mundo se está secularizando y está cayendo en el individualismo. El aumento del número de inmigrantes ha reavivado la discusión sobre una supuesta amenaza del Islam. La supuesta caída de nuestras tradiciones judeo-cristianas en Occidente hace que los neoliberales, socialistas, populistas de derecha e izquierda busquen derrocar la libertad de enseñanza. En el torbellino de la xenofobia y el ateísmo, la gente se aferra a un clavo existencial. El número de seguidores de los partidos cristianos tradicionales se reduce, el panorama político se fragmenta lentamente y los partidos islamófobos ganan cada vez más terreno. Los católicos no deben ceder en una época de fobias e ideologías extremistas y peligrosas. La educación que forma la mente y el corazón de las personas es una defensa fundamental contra el extremismo.

Para las escuelas católicas, esta convicción define nuestra perspectiva de la relación entre las personas, la sociedad y Dios. Y esa es también la misión de la educación: formar a nuestros estudiantes para ser ciudadanos libres, solidarios y críticos. Formamos a los alumnos y estudiantes para que actúen correctamente y se fijen en los demás, especialmente en los débiles. Nuestro objetivo es criar, educar y tutelar a los estudiantes para que se conviertan en miembros independientes, democráticos y funcionales de la sociedad. Las escuelas católicas proporcionan una educación para cada persona y para toda la persona de manera integral. Debe ser una educación para la cabeza, la mano y el corazón. Nuestro enfoque se basa en la dignidad humana, el bien común, la solidaridad, la justicia y la subsidiariedad. Estos son los cinco principios clave de nuestra Doctrina Social Católica.

Esta misión social surge claramente de nuestras tradiciones y es tomada en serio. La educación es ante todo un servicio a la sociedad. El actual enfoque político sobre la calidad social de la educación, sobre el desarrollo de las habilidades sociales y sobre el desarrollo personal y de la ciudadanía nos ha dado una oportunidad perfecta: mostrar a los adversarios de las escuelas privadas que la libertad de elección, la multiformidad y la diversidad contribuyen a los mecanismos de control y equilibrio de nuestra sociedad. Desterrar la religión del dominio público para glorificar la «laicidad», es un fino barniz que se agrieta incluso antes de ser aplicado. Los partidarios de la laicidad quieren una sociedad exclusivamente humanista sin ninguna identidad o valores religiosos. Al final, niega y restringe la libertad individual y la personalidad.

La libertad significa que cualquiera puede decidir quién quiere ser, sin importar su ascendencia, género o creencia. Sin embargo, nuestra propia libertad no puede y no debe ser a expensas de la de otros. La libertad y en particular la libertad de enseñanza nos ha enseñado que el verdadero reto es asumir la responsabilidad juntos. La educación proporciona un entorno esencial en el que la juventud puede florecer y contribuir a una sociedad multicolor y pacífica que ofrece un lugar para todos: un lugar donde todos son aceptados y donde se anima a cada uno a ser él o ella mismo/a. Al final eso es lo mejor para nuestros niños.

Diácono DRS. TITUS G.W. FRANKEMÖLLE
Presidente del Consejo de Escuelas Católicas Holandesas y Vicepresidente del Comité Europeo de Educación Católica

 

[1] https://www.onderwijsinspectie.nl/documenten/rapporten/2018/04/11/rapport-de-staat-van-het-onderwijs page 29 [Accessed 3 May 2019]

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