El próximo 30 de enero nuestros colegios volverán a celebrar el Día Escolar de la No Violencia y la Paz. Recuerdo con cariño la celebración de esta fecha, en la que cada año, coincidiendo con mi cumpleaños, se alteraba el ritmo habitual de las clases con un acto en el patio en el que participaba todo el colegio. Cada vez se festejaba de forma distinta, con la lectura de manifiestos, canciones y numerosos símbolos de paz realizados por los más pequeños, pero siempre con un mismo objetivo: tomar conciencia de la importancia de construir la paz en la infancia y la adolescencia.
Dice el refrán que “lo que se aprende en la cuna siempre dura” y, sin duda, aprender a trabajar la paz a edades tempranas se convierte en un tesoro para nuestra propia vida y mucho más para las de aquellos que nos rodean.
Nuestros centros trabajan por la paz, más allá de fechas concretas y actos simbólicos, porque construir esa paz forma parte de su esencia y su propio ser y lo hacen a través de valores como el cuidado, el respeto o la empatía, entre muchos otros.
Para trabajar esa paz también es importante cuidar la forma en la que nos relacionamos y nos comunicamos, y el entorno escolar es idóneo para que los alumnos puedan descubrir y desarrollar habilidades comunicativas que se basen, por ejemplo, en la cercanía y la comprensión, valores que, además de favorecer la convivencia diaria, les pueden preparar para ser ciudadanos responsables y comprometidos en el futuro.
En ocasiones no es fácil mantener una comunicación no violenta, pero hay algunas claves básicas que nos pueden ayudar a lograrlo. Sin ser experta en la disciplina, me atrevo a recordar algunas consideraciones que pueden ayudar a jóvenes y adolescentes a construir la paz en su entorno a través de sus palabras.
Si queremos mantener una buena comunicación es imprescindible la escucha. Quizá pueda parecer obvio, pero en ocasiones se nos olvida atender “de verdad” a lo que nos dicen porque estamos más pendientes de pensar lo que vamos a responder, pero no, una conversación no debería convertirse en un partido de tenis, respuesta, respuesta, pin, pan, pin, pan… porque una comunicación constructiva necesita el silencio. Silencio que muestre respeto, que permita reflexionar sobre lo que nos dicen y que evite interrumpir la exposición del otro.
Además del respeto a “los turnos” de palabra, ese respeto también debe estar presente en el lenguaje que empleamos en los mensajes, dejando fuera de nuestro vocabulario las burlas, las ofensas y todo tipo de palabras que puedan herir. No decir aquello que no te gustaría que dijeran de ti puede ser una de las máximas a hora de comunicar.
No solo hay que cuidar lo que se dice, sino cómo se dice. Un tono amable, cercano y sereno hará que nuestro discurso sea recibido de mejor manera, ¿o no es cierto que es fácil saltar como un resorte cuando se dirigen a nosotros de una forma irónica o agresiva?
Hay que tener presente que el hecho de mantener una comunicación cordial no significa que tengamos que responder sí a todo, aunque no estemos de acuerdo. En esa situación debemos ser asertivos, aprovechando nuestra libertad para expresar lo que pensamos o sentimos sin despreciar las opiniones ajenas.
Es importante recordar que en una comunicación amable los mensajes no deberían emplear palabras o expresiones autoritarias (“debes”, “tienes que”, “es así y punto”); agresivas o irónicas (“ya veo”, “como siempre”, “estupendo”); que juzguen o etiqueten (“siempre”, “nunca”); que acusen (“por tu culpa”, “es tu responsabilidad”); o que muestren desprecio (“me da igual”, “no es para tanto”, “es una tontería”).
También es necesario tener en cuenta lo positivo que es reconocer los errores que se cometen. Errar es una condición común a todo humano, y reconocerlo, además de ser un ejemplo de transparencia, contribuye a mejorar el ambiente en que nos encontramos.
No podemos olvidar la grandeza de pedir perdón, pero uno que sea sincero y sentido porque, ¿quién no valora un perdón a tiempo a pesar del daño ocasionado?
Y, cómo no, es imprescindible reconocer y agradecer lo positivo, porque una comunicación no violenta no es solo prevenir conflictos, es también reconocer gestos, esfuerzos y actitudes del otro y, además de generar buen ambiente, refuerza vínculos entre las personas.
En el fondo, de eso va gran parte de nuestra vida, de convivir; de compartir entre iguales, aunque se piense de forma diferente; de ser transparentes y libres sin ofender la transparencia y la libertad del prójimo; de escuchar para responder mejor; de hablar como queremos que nos hablen; de dejar a un lado los ímpetus y las palabras-línea roja; de asumir que nadie es perfecto; y de que siempre, siempre, es bueno dar las gracias.
La paz mundial no está en nuestras manos, pero sí es posible construir la paz día a día a través de las palabras. Podemos decir que 2026 está recién estrenado, aún estamos a tiempo de fijar propósitos, ¿nos apuntamos a construirla?
Zoraida Arribas
Departamento de Comunicación de Escuelas Católicas