Fui educada por mi abuela paterna, en el pueblo, los primeros años de mi vida. La realidad de mis padres les obligó a buscar los apoyos cercanos para cuidar de sus hijas… Y yo fui con la abuela. Ella también ha sido la persona que me presentó y me introdujo en la fe.
El Evangelio de hoy recoge una frase que ella me repetía mucho, aunque desde la experiencia que hoy tengo creo que mi abuela le daba otro significado… “Dios ve lo que haces, lo que escondes”. Por supuesto, en mi corta edad, y hasta bien entrada la adolescencia, he sentido que Dios conocía todos mis secretos, aunque claramente no las bondades que hacía…
Comenzamos la Cuaresma con este Miércoles de Ceniza que nos invita a la conversión y la preparación a la Pascua, tal vez para muchos de nosotros demasiado rápido pasada la Navidad… Y como cada año, lo acojo como una posibilidad de revisar mi actitud ante la vida.
Claramente la realidad que nos rodea nos muestra la cara más compleja y dura. Hay una crispación creciente en los diferentes ámbitos en los que estamos y, si no nos cuidamos, puede ir minando nuestra esperanza, nuestro sentido de la misión educativa que hemos recibido, la ilusión que mueve cada día la entrada al aula. Educar siempre ha sido un arte, y en estos tiempos puede parecernos que más que arte es un milagro.
La exigencia que la sociedad y algunas familias nos ponen, sumada a la que nosotros mismos añadimos, puede hacernos mirar la realidad como un muro insalvable ante el que nuestro grano de arena se hace inútil. Horas diarias, años de servicio, tantos alumnos acompañados que nos llevaban a preguntarnos qué ha quedado de su paso por nuestros coles… Y ahí, como agua que se cuela por los pies, podemos encontrarnos empapados de cansancios y de desesperanza.
Como el agua de las incansables borrascas que nos azotan, es fácil reconocer que la actualidad de hoy parece que está llevándose por delante lo mucho construido en décadas. Que lo que considerábamos seguro y conseguido desaparece en un abrir y cerrar de ojos dejando un vacío y una tristeza inmensa dentro de nosotros. ¿Educar en esta realidad? ¿Educar a los alumnos para esta realidad?
La llamada a la conversión de este año me lleva a revisar cómo son estas aguas que van empapándome por dentro, que van influyendo en las actitudes cotidianas que orientan mi día a día, mi labor educativa. Y la primera impresión es que me he dejado llevar, o que me han invadido sin darme cuenta, y que no será fácil mantenerme en la barca en medio de la tormenta…
Hay una realidad pequeña, como escondida, que estamos teniendo la posibilidad de visitar en estos meses. Son las jornadas pastorales que estamos realizando en las sedes autonómicas de escuelas católicas, tanto con las juntas como con los equipos directivos de los centros.
En estos encuentros, el objetivo es escuchar. Y lo que oímos me ayuda a descubrir otras aguas que también existen y también van empapándonos…
Escuchamos el intento y la búsqueda de nuevas formas de hacer pastoral para presentar a Jesús y una manera distinta de ver la realidad, desde la vida y el testimonio personal. Conscientes de que algunos alumnos, familias e incluso compañeros escucharán hablar de Jesús solo en este ámbito, a través de nosotros.
Escuchamos la preocupación real y la búsqueda de respuestas a situaciones nuevas de gran vulnerabilidad. Los protocolos múltiples, las aulas de grandes trastornos, la apuesta por el trabajo con las familias colaborando con otras entidades que nos orienten y apoyen…
Escuchamos la gran intuición de que nuestra labor principal en el cole es acompañar la vida, lo que cada persona vive en el momento concreto que coincidimos. Y que en ese acompañar somos retados a descubrir los signos de vida y esperanza que ya existen, el Reino de Dios que está germinando en esa realidad.
Y entre escucha y escucha, en los viajes entre estas realidades y nuestras casas, nos hacemos conscientes del gran regalo que es poder ver lo escondido. Somos testigos del cuidado y cariño cotidiano que se da de manera natural en nuestros coles. A lo que sale tan natural de uno mismo a veces no le damos el valor que merece, dado que hemos sido educados que lo valioso es lo que cuesta… A la vez, lo que sale de bueno y bello a través de lo que hacemos sin esfuerzo es lo más sincero y lo más valioso. Es nuestra esencia.
Y esa esencia, tan desapercibida a veces en lo cotidiano, siento que es lo que Dios ve en lo escondido de nuestra vida, de nuestro cuarto, de nuestro centro… No hay muchos focos que lo publiciten, ni serán muchos los reconocimientos que recibamos. Y nada de ello quitará el gran valor que tienen, la claridad del agua que son, la vida que van regando en silencio.
Creo que Dios ve en lo escondido, y cuida toda pequeña vida que exista, por minúscula que sea. Siento que impulsa toda acción, toda palabra, todo gesto que sea consuelo para quien sufre, luz para quien esté perdido, calor para quien se haya quedado helado ante la realidad que vivimos.
Miremos lo escondido, no buscando la crítica o el cotilleo. Ya hay mucha gente que lo hace. En esta Cuaresma miremos lo escondido que ve Dios, la vida que está sosteniendo nuestras escuelas, la fe que nos mantiene en nuestra tarea educativa, el amor que sigue orientando nuestras relaciones. Y cuando lo veamos, agradezcamos y cuidemoslo, tal y como hace nuestro Padre.
Zoraida Sánchez
Departamento de Pastoral de Escuelas Católicas