Cuesta cada vez un poco más ponerse a escribir delante de una pantalla en blanco. Las ideas a las que uno pudiera recurrir siempre pueden ser objeto de un análisis extremo, motivo para que alguien se sienta herido, o quizá, con menos pretensión, se conviertan en palabras huecas. Si uno no dice nada medianamente estimulante o provocador, mejor el silencio. Y si alguno intenta despertar alguna idea o enfocar alguna cuestión, es casi seguro que pueda ser diana de crítica o comentario.
De este modo parece que nos encontramos en el terrible dilema ante dos opciones excluyentes: si no molestas, no dices nada; y si dices algo, a alguien molestas. Todo esto quizá forma parte de la actual “ensalada mental” en la que nos movemos para todos los temas relevantes: tanto para el análisis político, la visión de la educación, los planteamientos sociales o culturales, la estrategia económica, etc.
Vivimos una cultura del ruido y la simplificación que debilita el pensamiento, rompe la convivencia y alimenta la desesperanza. La escuela –y la familia– pueden ser un “antídoto” si reeducamos la inteligencia, el afecto y la voluntad, y recuperamos el diálogo y el sentido.
Resulta de una pobreza lamentable contrastar la creciente pobreza intelectual y verbal. Tanto hemos abusado de querer pensar en 280 caracteres, todo concentrado, que al final no hay pensamiento medianamente serio y teleológico que quepa en ese número. Pero a fuerza de martillazos… hemos hecho que muchos cerebros solo puedan pensar con ese volumen neuronal. Eso, o la opción silenciosa… no pensar. Y de la capacidad de expresión verbal, mejor no escribir.
Y sin embargo nos encontramos ante una realidad, en todos los órdenes, crecientemente compleja. No es tan fácil saber o poderse acercar a conocer la verdad. La complejidad de la realidad se entremezcla con los intereses de unos y otros que dificultan, si no impiden, a muchas personas de bien poder saber, en el sentido profundo del término: un saber que ayude a conformar opciones y criterios, no mera información. Si la complejidad de la realidad va de la mano de una mayor pobreza instrumental para su análisis, el problema está servido.
Estábamos en un contexto internacional donde los bloques y estrategias eran claros, y han saltado por los aires gracias al presidente Trump. Increíble personaje capaz de poder plantear, siquiera verbalmente, una situación de agresión militar a un país miembro de la alianza militar a la que él mismo pertenece. Explícamelo sentado que me caigo. Pero además, vemos en directo la detención del dictador venezolano y al mismo tiempo, sin rubor, hablar de que esto permitirá liberar la producción de petróleo para las compañías norteamericanas. Hijo, Donald, no sé… ¡un poco de pudor!, al menos. ¿No era por la democracia, o para luchar contra el narcotráfico?
Si nos quedamos más cerca, en nuestro patio, nos encontramos con lo que todos conocemos: nos golpean a los ciudadanos dramas como la dana; más recientemente, los accidentes de trenes; y en estos días, el temporal y las inundaciones. Y cada vez más, paso de la sorpresa al dolor viendo cómo cuestiones que debieran ser objetivas y analizables de forma racional, se convierten solo en ocasiones para la confrontación y la obsesión por “ganar el relato”. Estoy ya del relato…, que mejor ni lo escribo.
Y si nos acercamos al entorno eclesial sorprende descubrir, desde los que animosos abrazaban los tiempos del papa Francisco hasta los que le han considerado a ese mismo papa directamente un papa ilegítimo o incluso un anti-papa. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Da igual, la cuestión es meter ruido, hacer follón. Tensionar las cuerdas hasta que revienten. ¿Y de verdad nos sorprenden los datos sobre salud mental? A mí, cada vez me sorprenden menos. Nos hemos encargado, poquito a poco, de hacer los cerebros más incapaces para pensar, soñar o rezar. ¡Tú preocúpate solo de ganar dinero y de ser feliz! Y ahora resulta que con un sueldo normal nadie puede llevar la vida que le proponen redes sociales, influencers y demás creadores de contenido. Un ritmo tal de expectativas que nadie puede ser ese que se nos muestra: cuerpo perfecto, estilo perfecto, vacaciones perfectas, casa perfecta, diversión perfecta, familia perfecta y dentadura pluscuamperfecta. ¡Qué estrés! Y encima, aunque trabaje, nunca podré llegar a todo eso.
Y por si fuera poco, tengo que desarrollar mi día a día en un ambiente donde todo parece polarizado, donde nadie se entiende, donde pareciera imposible poder hablar, debatir y concordar algo. Solo el “machaca y vencerás”, lo importante es “llevar la razón e imponerla”. Y si no, pues ya sabes que siempre podrás manchar la imagen del otro con el adjetivo que mejor consideres: da igual asesino, que fascista, antidemócrata o dictador.
Toda esta ensalada se aliña con un poco de relativismo, un poco de consumismo insatisfecho, y un poco de egoísmo… y ya tienes el primer plato listo para servir: desesperanza. Muchas encuestas reflejan el miedo de la sociedad al futuro. Ese marco temporal, el futuro, que siempre ha sido el sueño, la utopía o la creatividad, ahora es el terreno de juego para el miedo, el repliegue y la desesperanza.
Es urgente cambiar el modo en el que afrontamos la realidad cotidiana. Es necesario plantear otros marcos vitales para las personas. Y eso debiera ser prioritario tenerlo claro en el mapa educativo, en las propuestas de sentido que desde la escuela y la familia se ofrecen a niños y jóvenes. Hay que dotar a las personas de una capacidad que, siendo innata, está hibernando en muchos casos: la inteligencia. Nos preocupamos por dominar y conocer la inteligencia artificial, cuando la natural la hemos relegado al cero. Leer, estudiar, contemplar, conocer.
Platón hablaba de una sociedad ideal donde los gobernantes fueran filósofos y los filósofos gobernaran, como medio para acercar a la sociedad y al hombre hacia el bien y lo bello. Platón consideraba el bien como la idea suprema. Quizá el problema sea que la idea suprema para muchos hoy es otra, u otras. Eso, en el mejor de los casos de contar con una idea.
Los educadores están llamados a facilitar a sus alumnos las herramientas que les permitan activar las dimensiones específicas que nos identifican como seres humanos, y no meros animales racionales. Son las dinámicas intelectiva, afectiva, y volitiva (de la voluntad). Solo un correcto equilibrio de las tres permitirá sostener el andamio vital. Sin intelecto seré alguien sin verdad; sin afectividad seré un yo aislado; y sin voluntad será alguien manipulable desde los instintos o el egoísmo.
¿Qué se puede hacer desde la escuela? Me atrevo a apuntar algunas ideas o sugerencias (me niego a llamarlo “tips”), como estas:
- Higiene del pensamiento: favorecer una lectura larga, y trabajar escritura argumentativa. Y enseñar a dialogar practicando: escucha, réplica y resumen.
- Alfabetización mediática: aprender a verificar fuentes, distinguir hecho de opinión, detectar sesgos.
- Pedagogía del encuentro: diálogo, mediación, proyectos cooperativos, cultura del cuidado… Palabras muy usadas en las escuelas pero ¿practicadas y desplegadas en el currículo? ¿progresivamente desde Infantil hasta Bachillerato o Ciclos? Parece que solo hay que instruir para ello en las etapas iniciales…
- Interioridad y silencio: espacios de contemplación/oración, examen del día, escribir.
- Voluntad y carácter: hábitos, constancia, servicio, y gestión de la frustración. No es verdad que “si lo deseas, lo consigues”. Si te esfuerzas, trabajas y eres constante quizá, solo quizá, lo consigas. Por eso, haz con todas tus ganas lo que te ayude a ser feliz… porque solo el buscarlo ya te hará ser feliz. Ya basta de decir a todos los niños “campeón”…
Si hoy la cultura nos empuja al ruido, la escuela puede ser el lugar donde se reaprenda a pensar, a cuidar y a elegir el bien. Puede que esté claramente equivocado. Me encantaría poder hablar, no discutir. Me encantaría dialogar contigo sobre ello, con un café, un té o un vino. Me encantaría poder leer lo que quisieras decir. Te lo digo de corazón. Todo esto, no lo dudes, es lo que nos plantearía Jesús Maestro.
Javier Poveda
Director del Departamento de Administración de Escuelas Católicas