En Europa y en España se habla con frecuencia de “invierno demográfico” y de la pérdida de alumnado debido a la baja natalidad. Sin embargo, hay muchas diferencias entre países. En concreto, la población de España no deja de crecer. En numerosas zonas el número de habitantes aumenta de forma sostenida, hemos pasado de 43.970.000 personas en 2005, a 46.449.565 en 2015 y a 49.442.884 en octubre de 2025, según datos del INE.
Evolución de la población en España (INE)
- 2005: 43.970.000 personas
- 2015: 46.449.565 personas
- 2025: 49.442.884 personas (a 1 de octubre de 2025)
Aunque la población total aumenta no ocurre así en todas partes. Existen zonas que pierden habitantes de forma constante, y no se trata solo de pequeños municipios, algunas capitales de provincia también registran descensos relevantes. En contraste, otras áreas actúan como verdaderas “aspiradoras demográficas”. Destacan la Comunidad de Madrid y su entorno, así como buena parte de los municipios costeros, que experimentan un crecimiento continuo. Las Islas Baleares y Canarias son ejemplos especialmente llamativos.
Este aumento global de la población está funcionando como un engranaje bien engrasado que dinamiza la economía, con más movimiento de capital y consumo, y mantiene una convivencia social relativamente estable. Pero, a la vez, genera importantes tensiones en el acceso a la vivienda, especialmente para quienes buscan formar nuevos hogares, y en el encarecimiento de alimentos y materiales, que afecta sobre todo a los sectores de renta media y baja.
La pregunta es evidente, si nacen cada vez menos niños, ¿cómo puede aumentar tanto la población?
Principalmente por el incremento de personas procedentes de otros países. Destaca la inmigración de Sudamérica y Centroamérica, favorecida por la lengua común y la afinidad cultural. Algo similar ocurrió entre 1950 y 1980, cuando se produjo una migración masiva del campo a la ciudad dentro del propio país. Hoy, ese movimiento ha sido sustituido por una llegada constante de población de Ecuador, Argentina, Perú, Venezuela, Colombia, así como de Marruecos, países europeos como Rumanía y Bulgaria y personas procedentes de zonas en conflicto, como Ucrania o diversos países africanos. España se ha convertido en un gran receptor de inmigración, lo que impulsa el crecimiento demográfico y llena de alumnado muchos centros educativos.
En numerosos casos llega primero una persona en edad laboral y, con el tiempo, se produce la reagrupación familiar. Este proceso multiplica rápidamente el número de residentes.
Esta confluencia de factores transforma los modelos educativos, económicos, sociales e identitarios del país. La sociedad española debe adaptarse, siempre con la mirada puesta en Europa y seguir los referentes que llevan años actuando como faros, y a la vez generando lazos con los países y la población hispanoamericana, porque de manera voluntaria o involuntaria nuestros caminos van a seguir confluyendo. Me considero profundamente europeísta y defensor de la creación de un espacio común social, económico y jurídicamente estable, y a la vez también profundamente hispanista, con agradecimiento enorme a las personas que desde otros países hispanos vienen compartiendo numerosos hechos culturales, familiares, sociales y de mirada hacía un mundo mejor.
Al mismo tiempo, conviene recordar que el descubrimiento de América fue un viaje de ida y vuelta. Por un lado, numerosos españoles partieron hace cinco siglos, muchos de los cuales se asentaron allí y echaron nuevas raíces. Por otro lado, hoy son millones de hispanoamericanos quienes ya han venido a España, su nuevo hogar y a la vez su nueva patria, adquiriendo nacionalidad, trabajo, educación e identidad en un tiempo sorprendentemente breve.
Esta situación traerá grandes oportunidades y también grandes retos. En este espacio común compartido, todos tendremos que ceder, aprender y convivir para construir un futuro mejor, en las calles y las aulas, en los colegios y en los barrios y pueblos.
Jacobo Lería Hernández
Responsable proyecto Célula Europa de Escuelas Católicas