Elige la vida

La vida nos regala, de vez en cuando, tiempos, contratiempos y pentagramas invisibles donde poder colocar las notas: agudas, más graves, con más o menos intensidad y duración; unas que vibran, otras que apenas se sostienen. Hoy puede ser un buen día donde colocar las claves, los puntos, las blancas, las semicorcheas, las ligaduras… como quien hace una limpieza general del alma y coloca todo en su sitio con delicadeza y humildad.

Cada instante se acomoda y desordena entre armonías que nos elevan y disonancias que nos cuestionan, entre tempos que laten fuerte y silencios que nos revelan lo esencial entre susurros.

Cada partitura es única e irrepetible. Nadie puede tocarla por nosotros. Este es el regalo. Se nos invita a reproducirla en medio de equivocaciones, a ensayar, a dar un paso atrás, a afinarnos una y otra vez para ser fieles a la obra que tenemos delante y que, aunque nos cueste comprender, no se entrega de golpe. El arte musical se va desvelando a medida que nos hacemos conscientes de la parte de página que tenemos delante, del aire que respiramos al sentirnos milagrosamente despiertos, misteriosamente vivos.

Comenzamos un nuevo año y, con él, avanzamos un nuevo compás en la partitura de la vida. No sabemos si vendrá en tono mayor o menor, si exigirá fortísimos o pianísimos, si nos pedirá sostener notas largas o breves, quizá se tratará de atravesar silencios densos. Pero el compás comienza ahora, ni ayer ni mañana. Ahora. Y con él la invitación a seguir tocando.

Hay quienes hemos experimentado un tiempo diferente en el que los hospitales y la debilidad física nos ha hablado de acoger, de parar, de agradecer tantas atenciones y cuidados. De aprender a decir “no puedo”, “¿me ayudas?”, “gracias” y a derivar y repartir ritmo en otros. Hemos experimentado compases donde mirar de otra manera los gestos más diarios. De descubrir espacios poco frecuentados de la casa interna y externa. De abandonar, aunque sea por un tiempo, herramientas de trabajo con wifi y teclados, dejar de comunicar de forma inmediata para abandonarnos a ritmos intransitados y que sugieren tanteos y primeros pasos de un baile diferente, quizá desencajante.

Y es en estos caminos donde el silencio puede llegar a ser incómodo. Porque también el silencio forma parte de la música, ese amigo que asusta al principio pero que sostiene la melodía cuando se descubre habitado. El silencio a veces se convierte en un campo de batalla entre el vacío y la presencia, aquella que estaba lejos pero en cambio es cercana y se extraña. La presencia se echa de menos cuando el hacer es el director que controla la orquestra. Siempre es bueno confiar en la fuerza de los otros músicos, dejar batutas imaginarias y verlas claramente en las del equipo. Todo se sostiene y te sostiene, todo continúa, porque la música es un don que no se detiene, aunque tú te ausentes un compás, o te trabes con las notas. La música suena y lo que brota al escucharla en los demás es una sonrisa honda, humilde y agradecida. 

Qué bien cuando se está bien. O mejor dicho, qué bien cuando nos damos cuenta de lo bien que estamos. Cuando reconocemos que respirar y caminar sin esfuerzo, reír, levantarse sin dolor, son notas que no siempre valoramos.

Hoy este escrito es para quienes en el mes de enero no se incorporan cuando las clases comienzan. Para quienes sepan que los tumores de sus diagnósticos no son benignos y sus enfermedades no son pasajeras. Para todos aquellos a los que el “¡ay!” les mina el alma y el dolor avanza como un martilleo persistente y que no calla. Para quienes todavía no dan con la tecla del diagnóstico, hacen ajustes en medicaciones y esperan estrellas que les iluminen y guíen en su camino. Para quienes esperan Sabios de Oriente que les ofrezcan tesoros o pastores regalando afinadores para encontrar el tono preciso. Su música es para todos vosotros.

Este escrito es también para quienes sí podremos incorporarnos y, aunque con pereza, nos desplazaremos a un lugar donde ponernos al servicio de otros, quizá lo haremos con inercia y nos volverá a dar vergüenza pronunciar un “no puedo”, “¿me ayudas?”, “gracias”. A los que tendremos que afinar el oído cuando nos llenemos, en breve de todo, de lo que no es música, sino ruido. Su música es también para nosotros.

Solos no podemos ni debemos tocar nada. La vida no se interpreta en solitario; necesita manos, miradas, silencios y alientos compartidos. Instrumentos de cuerda, viento, percusión y coros inesperados. A veces hasta con gente que grita entusiasmada sin dar la nota o con estilos musicales diferentes a lo programado o ensayado. Dios continúa escribiendo y poniendo ante nosotros: vida y muerte, bendición y maldición… escoge la vida y vivirás. 

Elige la vida. Sí. 

Comencemos el año eligiendo la vida que se nos regala.  Continuemos promoviendo espacios en este 2026 para que cada persona siga eligiendo la vida, siga tocando, incluso cuando sus manos tiemblan, se muestran indecisas, cuando las partituras se ocultan y hasta cuando la intuición fluye tanteando nuevos ritmos. Aferrémonos al compás que se nos regala hoy, en este mes de enero y toquemos con confianza, con respeto y esperanza poniéndonos en clave de Dios.

Elige la vida: para que vivas tú y para que la melodía que brota en ti inspire a tocar a los que tienes cerca. Escuchemos juntos. Su música suena.

Dolors Garcia
Directora del Departamento de Pastoral de Escuelas Católicas

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