Pilar Jericó compartió con los asistentes una interesante reflexión sobre liderazgo organizativo desde la perspectiva emocional, en la que expuso las claves necesarias para lograr el liderazgo en las escuelas y en nosotros mismos. Comenzó su intervención afirmando que en este tiempo de cambio es momento de “reinventar valores” y decidir si queremos ser “líderes”, para poder influir positivamente en nuestros centros, o si preferimos ser “víctimas” y creer que somos incapaces de lograrlo. La apuesta por el liderazgo supone “reconocer la necesidad de transmitir lo mejor de sí mismo al equipo” y trabajar de forma conjunta y cercana, basándonos en la confianza, que anula los miedos que nos produce pensar en el cambio.
En opinión de Jericó, el desarrollo del liderazgo es un recorrido con varios pasos: comienza con la “llamada a la aventura”, a afrontar el desafío dando lo mejor de nosotros mismos; continúa con la fase de negación, que debemos superar decidiendo vivir como protagonista-héroe o como víctima; le sigue la fase de los miedos, presentes en todo proceso de cambio, que surgen ante la idea de “perder algo” que tenemos; después llega el desierto o frustración que nos conecta con la humildad; posteriormente se consigue la nueva realidad, y con ella el esperado “fin de la aventura”.
Jericó finalizó su intervención aportando una serie de consejos para reforzar el diálogo: soñar y escoger; poner pasión en nuestra misión; aprender y crear nuevos hábitos; transformar las emociones; ser un referente en el equipo; poder personal para saltar las barreras; y fomentar el compromiso y los valores.
Por su parte Monseñor Tobin señaló que la escuela católica está llamada a una renovación constante y valiente, para lo que se hace necesario que sepa definirse, que sepa comprender el cambio e intervenir en él.
Este cambio, en opinión del Secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada, implica cuatro desafíos educativos: volver a los orígenes de los diferentes carismas fundacionales; trabajar en colaboración para que “la Iglesia sea casa y escuela de comunión”; buscar el encuentro entre Evangelio y cultura, entre fe-cultura y vida; y recuperar la escuela llamada por el humanismo, en el que el maestro sea mediador, facilitador de los procesos fundamentales que iluminan lo humano, así como del encuentro entre alumno y comunidad.
Por otra parte, hizo también una reflexión sobre el futuro de la Iglesia, un futuro que ve fuertemente laical y que tiene que servir para preguntarse por el contenido de la vida religiosa. Religiosos y laicos en misión compartida, con una metodología basada en la confianza mutua, y que propicie una escuela que siga el rumbo por el que camina el mundo.